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domingo, 11 de octubre de 2020

La web "Libros en el petate" se hace eco de la publicación de "Diario de un psicópata"

Las webs literarias que sigo las tenéis en la margen derecha de este blog.

Una de ellas lleva por título "Libros en el petate", y contiene actualidad, entrevistas y reseñas de obras nuevas o ya publicadas. Es un sitio en constante actualización, y me consta que el Webmaster dedica mucho tiempo para mantenerla al día.

Pues bien, os paso el link donde recoge la publicación de mi nueva novela.

Tal y como anuncia, espero con expectación su reseña.

Salu2, y paso el link.

http://librosenelpetate.blogspot.com/2020/10/me-proponen-y-yo-acepto-diario-de-un.HTML

 

martes, 11 de agosto de 2020

DIARIO DE UN PSICÓPATA

Acaba de publicarse mi segunda novela que lleva por título "Diario de un psicópata".

Para los que aún no sepan nada del texto, os paso la sinopsis, y más abajo, el link donde está publicado. En formato ebook y en papel. De momento, sólo en la plataforma de Amazon.

SINOPSIS:

“El maduro inspector Marín lleva una tranquila existencia en el departamento de homicidios hasta el día en que recibe una misiva en la que el remitente confiesa haber acabado con la vida de su propia madre, depositándola en un congelador. En la misma, indica igualmente que ha iniciado la elaboración de un diario, del cual, esa nota es la primera entrada. La carta dará un vuelco a la vida de Marín hasta el punto de que se verá involucrado en un caso que amenaza no sólo su prestigio profesional, sino en último término, su propia vida y la de sus seres queridos. Descifrar la mente del asesino será la única salida para detener la cadena de muertes que apunta al entorno del inspector. Al mismo tiempo, Marín deberá resolver otra muerte que el destino dejará en sus manos: un conocido médico jubilado con síntomas de intoxicación por fentanilo. Un testamento peculiar avala la tesis del inspector de que hay algo más de lo que puede percibirse a primera vista. Un relato donde la muerte, los secretos familiares y el sexo son claros protagonistas.”

El link:

https://www.amazon.es/Diario-psic%C3%B3pata-Jos%C3%A9-Enrique-V%C3%A1zquez-ebook/dp/B08F3TZRQF

 

domingo, 28 de junio de 2020

Terminada la nueva novela "Diario de un psicópata".-

Estimados todos:

Ya está terminada la nueva novela que llevará por título "Diario de un psicópata".
 
Actualmente está en fase de correcciones y elaboración de la portada para publicarla, al igual que "El crimen del centurión", en la plataforma de Amazon.
 
Os informo expresamente, ya que muchos de vosotr@s así me lo habéis solicitado.
 
En cuanto esté a punto de publicarse, os informaré igualmente.
 
Mientras tanto, que vaya muy bien.
 

miércoles, 31 de julio de 2019

CAPÍTULO II DIARIO DE UN PSICÓPATA.-


CAPÍTULO 2.- LAS GEMELAS AGUIRRE.-

Otra vez lunes. De nuevo esa sensación de peso en la nuca y el augurio de una semana difícil. El jefe estaba especialmente quisquilloso con el asunto de las gemelas. ¿Una de ellas podía ser la sospechosa, las dos o ninguna de ellas?¿Había alguien de fuera de la casa involucrado, como en el caso Urquijo? Una muerte en la familia, y ciertos indicios de que no fue por causas naturales. Gente de bien, apenas nada en las noticias y una orden directa: no imputar a nadie hasta que lo tengamos claro. “Pero Marín, mueva el culo, ¿oyó?, quiero resultados o le archivo el caso.”
     Julián Bravo, el jefe de grupo, era un hombre a primera vista educado, aunque sus modales a veces rozaban el insulto. Revestido de un halo de familiaridad, se permitía ciertas licencias con sus subordinados que vistas desde fuera podían considerarse claras humillaciones. A su favor, una hoja de servicios perfecta y un olfato criminal envidiable. Vino de Burgos, trasladado. La culpable, una cordobesa afincada en Triana, una fiera entre sábanas. “Créeme, Marín, a mi edad nunca pensé que mujer así pudiera existir. Me tiene totalmente abducido.” Y es que el jefe, según le había confesado un día Lázaro delante de un par de cafés y sendas magdalenas de chocolate, era un devoto seguidor de las series y programas que tenían a los extraterrestres como protagonistas.
—No me jodas.—Marín abrió tanto los ojos que sus pestañas chocaron con el cristal de las gafas.
—Tal y como te lo cuento. Una noche me encontré al jefe en un pub del centro. Estaba ebrio, y en dicho estado me hizo la confesión, haciéndome jurar sobre la memoria de mi madre que nunca lo contaría.
—Y sin embargo, me lo has contado.
—Bah, mi madre murió hace ya tiempo. Dejó casi todos sus bienes a mi hermano sólo porque era el mayor, un parásito sin empleo con cinco niños de tres madres distintas. Según ella, tenía más necesidad que yo. El juramento me lo paso por los cojones.
—Ya veo.
Por tanto, lunes mediodía, de camino. Había concertado una entrevista con ellas; por teléfono, como siempre. Marín recorrió a pie la escasa distancia entre la comisaría y el inmueble familiar. Un piso en un alto bloque, muy céntrico, en el barrio de Los Remedios. Un sexto con ascensor, y según pudo saber después, con una amplísima terraza.
El video portero se iluminó y una voz del otro lado del Atlántico respondió.
—Buen día. ¿Qué desea?
—Vengo a ver a las hermanas Aguirre. Soy de la policía.
—¿Otra vez? Bueno, espere un momento.
Marín se apoyó en la pared, la mañana estaba siendo calurosa, aunque el móvil le indicaba bajada de las temperaturas para el fin de semana. Buscó en el bolsillo sin hallar pañuelo alguno, seguro lo dejó en casa. A falta de pan, secó el sudor con el dorso de la mano. Tras unos largos segundos, un zumbido molesto y persistente le indicó que la puerta estaba abierta.
El ascensor, pintado de un verde anticuado y pringoso, era exasperantemente lento. Su interior, pequeño y cuadriculado, parecía querer medir el temple de sus usuarios y su resistencia a la claustrofobia. Marín volvió a sudar nada más entrar, y tuvo la extraña sensación de que las paredes menguaban a cada piso que dejaba atrás. Llegó al último con la respiración entrecortada y empapado en sudor. Juró bajar por las escaleras.
—¿A quién debo anunciar?
La puerta de la izquierda, según se salía del engendro torturador pintado de verde, aparecía abierta y asegurada por una chica de tamaño medio vestida con el típico uniforme del servicio doméstico de los años sesenta, blanco sobre negro o al revés según se mire, cofia y zapatos a juego. Su mente saltó como un rayo: «Nombre, Luciana Rodríguez, uno sesenta metros de estatura. Procedencia, Colombia. Edad, treinta y cuatro años, soltera, con papeles. Lleva en la casa un año, cinco en total en España. Sin antecedentes penales ni policiales».
—Soy el inspector Marín. Concerté una cita con las hermanas Aguirre ayer.
—Pase.
La fámula guió a Marín hasta una especie de vestíbulo con sofá esquinado y una mesita baja.
—Espere un momento, voy a avisar.
—Gracias.
Luciana se perdió por un pasillo, a la izquierda de la entrada, y Marín, por instinto, le miró el trasero mientras la chica se alejaba. «Prometedor», se dijo.
Desvió la vista hacia su derecha: un revistero, un mueble bar y varias publicaciones médicas, con ilustraciones que no tuvo intención alguna de descifrar. Su mirada se posó en un número de “Interviú” en cuya portada aparecía un titular que rezaba “Por qué faltan médicos en España”, entre otros. La chica que mostraba sus pechos a la concurrencia era Kate Rockwell, de la serie “Sexo en Nueva York”. Abrió la revista fechada en el año 2.009 y fue directo a las páginas centrales.
—Pase por aquí.
Chasqueó la lengua; le hubiera gustado ver a aquella hembra con tranquilidad, pero no había tiempo. El trabajo, siempre el trabajo …
La chica lo guió a través de un largo pasillo en semipenumbra, hasta que apareció de repente un salón enorme, cuadrangular y con un ventanal que prácticamente lo recorría de uno a otro extremo. Varias macetas de mediano tamaño en las esquinas y una luz natural limpia y abundante daban a la estancia un aspecto casi tropical. A la derecha, un sofá enorme, en forma de L y detrás del mismo, una estantería que llegaba hasta el techo llena de libros. Sentadas, dos mujeres una junto a la otra.
—El inspector Marín, ¿verdad?
—Sí.
—Siéntese, por favor.
Dámaso, obediente, acomodó sus posaderas con cierta lentitud mientras daba un repaso mental a la información básica que necesitaba. «Marta y María Aguirre, 35 años, gemelas idénticas, uno sesenta y cinco de estatura, cabello castaño. Relación con la víctima, sobrinas carnales por vía materna. Ambas licenciadas en Filosofía por la Universidad de Sevilla. Solteras, y sin compromiso conocido».
—Usted dirá. ¿Hay alguna novedad sobre el caso?
Habló la que estaba sentada a la izquierda del inspector. Marín se percató de que ambas iban vestidas iguales, minifalda azul claro, camiseta blanca y zapatillas a juego. Los calcetines, a rayas celestes y blancas. No estaban maquilladas, ni tan siquiera una pizca de carmín en los labios. Su mirada de viejo policía reconoció los rasgos de los rostros que había visto antes, en las fotos del expediente. Rasgos finos, delicados, con pómulos algo salientes, barbillas con hoyuelo y labios desiguales, siendo un poco más grueso el inferior. Los ojos, grisáceos, de una tonalidad y tamaño tan extraños como sugestivos. En efecto, Marín recordaba haber visto alguna que otra película de serie B, en la que aparecían seres de otro planeta con formas oculares parecidas a las de las chicas que tenía delante. «Formas muy bellas, sin duda», se dijo.
—Pues verá, de momento no estoy autorizado a darles ninguna información. Tan sólo venía a ver si podían facilitarme documentación médica de su tío, y hablarme de las últimas visitas que tuvo días antes de su muerte. Si es que tuvo alguna, claro.
—Nuestro tío recibía únicamente la visita de su amigo Kako, que venía de vez en cuando.
Habló la otra chica, la que estaba sentada a la derecha del inspector. Marín abrió la boca para hablar, pero la otra hermana se le adelantó.
—Perdón, somos unas maleducadas y entiendo su desconcierto. Yo soy Marta y ella es mi hermana María. Yo soy la mayor.
El inspector miró sus manos, dos pares colocadas en la misma posición: sobre las rodillas.
—Bueno, Keiko también venía alguna que otra vez.
Esta vez fue María la que habló. En ese instante, entró la chica colombiana.
—¿Necesitan algo los señores?
—¿Quiere tomar algo, inspector? —Las dos hermanas hablaron, como en un tono estéreo, pisándose las mismas palabras.
—Gracias, un poco de agua fresca, por favor.
Marín sacó un bloc de notas y pidió los teléfonos del tal Kako y la otra. Las hermanas sacaron sus móviles, ambos de la marca Samsung, sin duda el mismo modelo. Se miraron, sonrieron, y María guardó el suyo para que su hermana se encargara de darle los datos al policía. Luego, la mayor se levantó y desapareció por uno de los pasillos. La estancia quedó en silencio, como desierta. Sin embargo, María seguía allí, mirando fijamente al inspector. Este esbozó una ligera sonrisa, y ella sonrió a su vez. Sin embargo, el hielo persistía entre ellos, como si la distancia física que los separaba pudiera contener un universo entero.
—Aquí tiene inspector, los últimos informes médicos de mi tío. Habrá observado ya que mi hermana es bastante tímida, aunque no lo parece si estamos juntas, ¿no es cierto?
Marta recuperó el asiento de antes, pegadita a su hermana.
—Pues no sé decirle, yo tampoco soy demasiado hablador. Me gusta más observar, ciertamente.
Ambas hermanas sonrieron a la vez, y Marín tuvo la sensación de que la entrevista daba poco más de sí. Bebió un trago del vaso que le acababa de traer la fámula, y echó un vistazo a los informes médicos.
—Su tío tenía artrosis degenerativa de varios años de evolución, hígado graso, rotura de cadera con inserción de prótesis en el año 2.014 …
—Sí.—Corroboró Marta.
—... operado de cataratas en 2.013, y una neumonía en 2.015.
—Así es.—De nuevo, habló Marta.
—Vale. Estos informes los uniré al expediente si no tienen inconveniente.
—No se preocupe, estamos de acuerdo. Muerto mi tío, esos informes ya no son necesarios. Lo que deseamos es que se aclare todo este asunto.
—En eso estamos, señorita, en eso estamos.
—¿Han venido ya los análisis finales de la autopsia?
María habló sin duda refiriéndose a los análisis químicos que habitualmente se solicitan con posterioridad al examen del cuerpo de la víctima.
—No, aún no.
—Pero nos informará de todo, ¿verdad?
La súplica que demostraban las pupilas de María reflejaban sinceridad, y Marín no fue ajeno a esta circunstancia. La miró de hito en hito, y por un momento, pareció que ambos habían conectado en un plano distinto al material.
—Claro.—Se oyó decir vacuo, como si la escena la estuviera contemplando a varios metros de distancia.
—Gracias.—Dijo ella.
—De nada.—Contestó Marín.
El inspector tuvo la sensación de que el tiempo se había congelado en los ojos de la chica, hasta que una frase lo volvió a la realidad.
—Gracias por venir, Luciana lo acompañará a la puerta.
En este caso, fue Marta la que habló. Marín recuperó la normalidad, desvió la vista hacia la ventana, y se despidió con una fórmula habitual. Bajó los seis pisos como un adolescente, con alegría sin motivo y energía de sobra. Cuando por fin salió al exterior, se notó distinto, aunque realmente, no sabía por qué.

viernes, 7 de junio de 2019


CAPÍTULO 1.- UN CADÁVER EN EL CONGELADOR.-

“Distinguido inspector:
Le  envío la primera reseña del diario que comienzo hoy.
He decidido compartirlo sólo con Vd., aunque le advierto que había otros candidatos que finalmente han quedado fuera de mi proceso de selección. Las razones, no necesita conocerlas. Baste decir que debe sentirse honrado, dentro de poco será un hombre muy conocido. En sus manos estará quebrar el fin de esta historia, o someterse a la misma. Esto último será sin duda más fácil; pero no debo perderme en detalles que no son importantes.
Mamá ha dejado por fin de toser. La molesta tos, no fue erradicada por jarabes ni inhaladores. Pese a mi dedicación, y a las friegas nocturnas de “vicks-vaporub”, no remitía, de modo que, cansado de oír todas las noches su persistente y desesperante “cog-cog”, tomé la mejor decisión posible, para ella y también para mí, claro.
Ya está hecho, y me alegro por los dos.
Ahora, ella reposa tranquilamente en el congelador, donde el calor no le afecta, ni tampoco anida la corrupción.
Su cuerpo pervivirá por siempre … mientras se pague la factura de luz, por supuesto.
Un saludo, y hasta la próxima”

     El inspector Marín alejó el papel y con la otra mano, se bajó las gafas de concha y miró hacia atrás.
¿Qué coño era eso?
     —Oye, ¿tenéis ganas de broma?. — Dijo en voz alta.
     Escrutó los rostros, pero no advirtió nada sospechoso. Marina se esforzaba en dejar impresa la marca de sus dientes en un “bic” azul, mientras que la otra mesa, la que normalmente ocupaba Lázaro, estaba vacía.
     «En el bar, seguro».
     —¿Eh?. —Alzó algo más la voz, pero nadie miró.
     Fijó sus ojos en el final de la nota. No tenía firma. Miró el reverso del sobre: sin remite alguno. En el destinatario, “Para el Inspector Marín”, la dirección de las dependencias policiales, y como información complementaria, “Grupo de Homicidios”. La etiqueta estaba hecha con impresora láser.
     Nada más.
     Dio vuelta a la página, y se encontró con un reverso en blanco. Alzó la muñeca izquierda: su reloj de esfera negra marcaba las 13.50 horas. El cartero solía llegar sobre las 12.00, con lo cual, la nota llevaba en su mesa más o o menos desde entonces.
     Revisó el resto de correo: varios oficios de juzgados, comunicaciones de otras comisarías, nada especial. Se ajustó las gafas de concha. Tenía hambre, de modo que dejó la nota en la mesa y se dirigió al bar.
     —Una cerveza fresquita.
     Observó que Lázaro conversaba animadamente en el patio con otro compañero. Marín acomodó su par de nalgas en un taburete alto, y saboreó el primer sorbo. Luego, salió fuera con la bebida en la mano y encendió un cigarrillo. A sus cincuenta y cinco, poco le quedaba por hacer. Su carrera en la policía había sido brillante, sin contar un par de errores de bulto. El primero de ellos, dirigir una investigación con un enorme despliegue de medios contra una mafia china de trata de personas que resultó ser un “bluff”, ya que los principales testigos se negaron al final a ratificar sus denuncias y huyeron a China. El segundo, un crimen no resuelto y mal dirigido: una chica asesinada aparece en el Guadalquivir. El novio, presunto culpable y en paradero desconocido cuando aparece el cadáver, presenta una coartada incontestable justo el día del juicio: el día en que supuestamente ocurren los hechos, estaba a mil kilómetros. El procedimiento se sobresee, y el novio queda en libertad. Ambos casos quedan archivados, sin terminar, sin culpable. Ello fue suficiente para que Dámaso Marín, tozudo como pocos, prefiriera seguir siendo un simple inspector de homicidios en Sevilla, antes que pedir el traslado a otra ciudad y ascender.
     Tomó otro sorbo.
     —¿Tienes ganas de broma, Lázaro?
     La pregunta fue dirigida a un vaso medio vacío, aunque el destinatario la recibió perfectamente, pese a que estaba a varios metros de distancia.
     —Mi querido compañero, no sé a qué te refieres. ¿Quizás al chicle pegado en la cerradura de tu taquilla?
     Lázaro le pasó el brazo por la espalda. Su fama de juerguista, a la vez que cínico y guasón trascendía los límites de la comisaría.
     —Eso ya pasó, fue la pasada semana. Hablo de la carta.
     —¿Qué carta? No sé nada de ninguna carta. Tómate otra, pago yo. Vamos.
     —No, aún estoy fumando. ¿Seguro que no me has enviado una carta?
     —Segurísimo. No es mi estilo, ya lo sabes.
     Era cierto. Lázaro gastaba bromas a todos los compañeros, pero de tipo podíamos denominar visual, efectista. Ponía chicle en la cerradura de una taquilla, difundía chismes verdes entre las féminas del cuerpo … pero la carta no era propia de él. Con su metro noventa, Lázaro dominaba ampliamente la figura de Marín, y lo escoltó cariñosamente hasta la barra. Su barba lo hacía parecer respetable, pero era tan sólo una imagen engañosa.
    —Ponle otra a mi amigo, pago yo.
    —¿Tienes algún caso raro últimamente, algún asesino de madres que escriba cartas?.—inquirió Marín.
     Lázaro dejó un billete sobre la barra.
     —Tengo un ajuste de cuentas entre rumanos con un muerto, varios casos de violencia de género con lesiones graves y una prostituta desaparecida. Nada más. ¿Por?
     —Por nada. He recibido una carta extraña, seguramente de algún desquiciado, a tenor del texto.
     —¿Dirigida a la policía en general?
     —Eso es lo raro, va dirigida a mí particularmente.
     —Bah, no la tomes en serio. Algún enemigo de la infancia que te tendrá envidia, un marido ofendido, un antiguo cliente enviado a prisión ...
     Podía ser cierto. No en vano, algún que otro compañero había recibido cartas amenazadoras de individuos que resultaron ser antiguos conocidos, gente enviada a prisión o simplemente resentidos por algún hecho del pasado. Por eso, bebió un largo trago y decidió dejarlo pasar. Consultó el móvil, las noticias deportivas le interesaban especialmente. Buen forofo del deporte rey, Marín, soltero empedernido y mujeriego dedicado, tenía como hobbys su afición al fútbol, a la cerveza y a la ginebra suave. Y por supuesto, al género femenino.
     —Te dejo, voy a terminar unos informes.
     Lázaro salió. Él y Marín se conocían hace muchos, muchísimos años, y pese a algún que otro desencuentro, Dámaso —que era el nombre de pila de Marín— se fiaba de su criterio y valoraba su amistad.
     Terminó la bebida, y con la determinación de destruir la carta, subió al despacho. Sin embargo, cuando la tuvo entre sus manos, un sexto sentido le hizo desistir de esa idea, y contra su criterio inicial, abrió el primer cajón del escritorio y la guardó allí.
     «Bueno, nunca se sabe», se dijo, de modo que respiró hondo y se sumergió en un atestado que tenía que descifrar.