miércoles, 31 de julio de 2019

CAPÍTULO II DIARIO DE UN PSICÓPATA.-


CAPÍTULO 2.- LAS GEMELAS AGUIRRE.-

Otra vez lunes. De nuevo esa sensación de peso en la nuca y el augurio de una semana difícil. El jefe estaba especialmente quisquilloso con el asunto de las gemelas. ¿Una de ellas podía ser la sospechosa, las dos o ninguna de ellas?¿Había alguien de fuera de la casa involucrado, como en el caso Urquijo? Una muerte en la familia, y ciertos indicios de que no fue por causas naturales. Gente de bien, apenas nada en las noticias y una orden directa: no imputar a nadie hasta que lo tengamos claro. “Pero Marín, mueva el culo, ¿oyó?, quiero resultados o le archivo el caso.”
     Julián Bravo, el jefe de grupo, era un hombre a primera vista educado, aunque sus modales a veces rozaban el insulto. Revestido de un halo de familiaridad, se permitía ciertas licencias con sus subordinados que vistas desde fuera podían considerarse claras humillaciones. A su favor, una hoja de servicios perfecta y un olfato criminal envidiable. Vino de Burgos, trasladado. La culpable, una cordobesa afincada en Triana, una fiera entre sábanas. “Créeme, Marín, a mi edad nunca pensé que mujer así pudiera existir. Me tiene totalmente abducido.” Y es que el jefe, según le había confesado un día Lázaro delante de un par de cafés y sendas magdalenas de chocolate, era un devoto seguidor de las series y programas que tenían a los extraterrestres como protagonistas.
—No me jodas.—Marín abrió tanto los ojos que sus pestañas chocaron con el cristal de las gafas.
—Tal y como te lo cuento. Una noche me encontré al jefe en un pub del centro. Estaba ebrio, y en dicho estado me hizo la confesión, haciéndome jurar sobre la memoria de mi madre que nunca lo contaría.
—Y sin embargo, me lo has contado.
—Bah, mi madre murió hace ya tiempo. Dejó casi todos sus bienes a mi hermano sólo porque era el mayor, un parásito sin empleo con cinco niños de tres madres distintas. Según ella, tenía más necesidad que yo. El juramento me lo paso por los cojones.
—Ya veo.
Por tanto, lunes mediodía, de camino. Había concertado una entrevista con ellas; por teléfono, como siempre. Marín recorrió a pie la escasa distancia entre la comisaría y el inmueble familiar. Un piso en un alto bloque, muy céntrico, en el barrio de Los Remedios. Un sexto con ascensor, y según pudo saber después, con una amplísima terraza.
El video portero se iluminó y una voz del otro lado del Atlántico respondió.
—Buen día. ¿Qué desea?
—Vengo a ver a las hermanas Aguirre. Soy de la policía.
—¿Otra vez? Bueno, espere un momento.
Marín se apoyó en la pared, la mañana estaba siendo calurosa, aunque el móvil le indicaba bajada de las temperaturas para el fin de semana. Buscó en el bolsillo sin hallar pañuelo alguno, seguro lo dejó en casa. A falta de pan, secó el sudor con el dorso de la mano. Tras unos largos segundos, un zumbido molesto y persistente le indicó que la puerta estaba abierta.
El ascensor, pintado de un verde anticuado y pringoso, era exasperantemente lento. Su interior, pequeño y cuadriculado, parecía querer medir el temple de sus usuarios y su resistencia a la claustrofobia. Marín volvió a sudar nada más entrar, y tuvo la extraña sensación de que las paredes menguaban a cada piso que dejaba atrás. Llegó al último con la respiración entrecortada y empapado en sudor. Juró bajar por las escaleras.
—¿A quién debo anunciar?
La puerta de la izquierda, según se salía del engendro torturador pintado de verde, aparecía abierta y asegurada por una chica de tamaño medio vestida con el típico uniforme del servicio doméstico de los años sesenta, blanco sobre negro o al revés según se mire, cofia y zapatos a juego. Su mente saltó como un rayo: «Nombre, Luciana Rodríguez, uno sesenta metros de estatura. Procedencia, Colombia. Edad, treinta y cuatro años, soltera, con papeles. Lleva en la casa un año, cinco en total en España. Sin antecedentes penales ni policiales».
—Soy el inspector Marín. Concerté una cita con las hermanas Aguirre ayer.
—Pase.
La fámula guió a Marín hasta una especie de vestíbulo con sofá esquinado y una mesita baja.
—Espere un momento, voy a avisar.
—Gracias.
Luciana se perdió por un pasillo, a la izquierda de la entrada, y Marín, por instinto, le miró el trasero mientras la chica se alejaba. «Prometedor», se dijo.
Desvió la vista hacia su derecha: un revistero, un mueble bar y varias publicaciones médicas, con ilustraciones que no tuvo intención alguna de descifrar. Su mirada se posó en un número de “Interviú” en cuya portada aparecía un titular que rezaba “Por qué faltan médicos en España”, entre otros. La chica que mostraba sus pechos a la concurrencia era Kate Rockwell, de la serie “Sexo en Nueva York”. Abrió la revista fechada en el año 2.009 y fue directo a las páginas centrales.
—Pase por aquí.
Chasqueó la lengua; le hubiera gustado ver a aquella hembra con tranquilidad, pero no había tiempo. El trabajo, siempre el trabajo …
La chica lo guió a través de un largo pasillo en semipenumbra, hasta que apareció de repente un salón enorme, cuadrangular y con un ventanal que prácticamente lo recorría de uno a otro extremo. Varias macetas de mediano tamaño en las esquinas y una luz natural limpia y abundante daban a la estancia un aspecto casi tropical. A la derecha, un sofá enorme, en forma de L y detrás del mismo, una estantería que llegaba hasta el techo llena de libros. Sentadas, dos mujeres una junto a la otra.
—El inspector Marín, ¿verdad?
—Sí.
—Siéntese, por favor.
Dámaso, obediente, acomodó sus posaderas con cierta lentitud mientras daba un repaso mental a la información básica que necesitaba. «Marta y María Aguirre, 35 años, gemelas idénticas, uno sesenta y cinco de estatura, cabello castaño. Relación con la víctima, sobrinas carnales por vía materna. Ambas licenciadas en Filosofía por la Universidad de Sevilla. Solteras, y sin compromiso conocido».
—Usted dirá. ¿Hay alguna novedad sobre el caso?
Habló la que estaba sentada a la izquierda del inspector. Marín se percató de que ambas iban vestidas iguales, minifalda azul claro, camiseta blanca y zapatillas a juego. Los calcetines, a rayas celestes y blancas. No estaban maquilladas, ni tan siquiera una pizca de carmín en los labios. Su mirada de viejo policía reconoció los rasgos de los rostros que había visto antes, en las fotos del expediente. Rasgos finos, delicados, con pómulos algo salientes, barbillas con hoyuelo y labios desiguales, siendo un poco más grueso el inferior. Los ojos, grisáceos, de una tonalidad y tamaño tan extraños como sugestivos. En efecto, Marín recordaba haber visto alguna que otra película de serie B, en la que aparecían seres de otro planeta con formas oculares parecidas a las de las chicas que tenía delante. «Formas muy bellas, sin duda», se dijo.
—Pues verá, de momento no estoy autorizado a darles ninguna información. Tan sólo venía a ver si podían facilitarme documentación médica de su tío, y hablarme de las últimas visitas que tuvo días antes de su muerte. Si es que tuvo alguna, claro.
—Nuestro tío recibía únicamente la visita de su amigo Kako, que venía de vez en cuando.
Habló la otra chica, la que estaba sentada a la derecha del inspector. Marín abrió la boca para hablar, pero la otra hermana se le adelantó.
—Perdón, somos unas maleducadas y entiendo su desconcierto. Yo soy Marta y ella es mi hermana María. Yo soy la mayor.
El inspector miró sus manos, dos pares colocadas en la misma posición: sobre las rodillas.
—Bueno, Keiko también venía alguna que otra vez.
Esta vez fue María la que habló. En ese instante, entró la chica colombiana.
—¿Necesitan algo los señores?
—¿Quiere tomar algo, inspector? —Las dos hermanas hablaron, como en un tono estéreo, pisándose las mismas palabras.
—Gracias, un poco de agua fresca, por favor.
Marín sacó un bloc de notas y pidió los teléfonos del tal Kako y la otra. Las hermanas sacaron sus móviles, ambos de la marca Samsung, sin duda el mismo modelo. Se miraron, sonrieron, y María guardó el suyo para que su hermana se encargara de darle los datos al policía. Luego, la mayor se levantó y desapareció por uno de los pasillos. La estancia quedó en silencio, como desierta. Sin embargo, María seguía allí, mirando fijamente al inspector. Este esbozó una ligera sonrisa, y ella sonrió a su vez. Sin embargo, el hielo persistía entre ellos, como si la distancia física que los separaba pudiera contener un universo entero.
—Aquí tiene inspector, los últimos informes médicos de mi tío. Habrá observado ya que mi hermana es bastante tímida, aunque no lo parece si estamos juntas, ¿no es cierto?
Marta recuperó el asiento de antes, pegadita a su hermana.
—Pues no sé decirle, yo tampoco soy demasiado hablador. Me gusta más observar, ciertamente.
Ambas hermanas sonrieron a la vez, y Marín tuvo la sensación de que la entrevista daba poco más de sí. Bebió un trago del vaso que le acababa de traer la fámula, y echó un vistazo a los informes médicos.
—Su tío tenía artrosis degenerativa de varios años de evolución, hígado graso, rotura de cadera con inserción de prótesis en el año 2.014 …
—Sí.—Corroboró Marta.
—... operado de cataratas en 2.013, y una neumonía en 2.015.
—Así es.—De nuevo, habló Marta.
—Vale. Estos informes los uniré al expediente si no tienen inconveniente.
—No se preocupe, estamos de acuerdo. Muerto mi tío, esos informes ya no son necesarios. Lo que deseamos es que se aclare todo este asunto.
—En eso estamos, señorita, en eso estamos.
—¿Han venido ya los análisis finales de la autopsia?
María habló sin duda refiriéndose a los análisis químicos que habitualmente se solicitan con posterioridad al examen del cuerpo de la víctima.
—No, aún no.
—Pero nos informará de todo, ¿verdad?
La súplica que demostraban las pupilas de María reflejaban sinceridad, y Marín no fue ajeno a esta circunstancia. La miró de hito en hito, y por un momento, pareció que ambos habían conectado en un plano distinto al material.
—Claro.—Se oyó decir vacuo, como si la escena la estuviera contemplando a varios metros de distancia.
—Gracias.—Dijo ella.
—De nada.—Contestó Marín.
El inspector tuvo la sensación de que el tiempo se había congelado en los ojos de la chica, hasta que una frase lo volvió a la realidad.
—Gracias por venir, Luciana lo acompañará a la puerta.
En este caso, fue Marta la que habló. Marín recuperó la normalidad, desvió la vista hacia la ventana, y se despidió con una fórmula habitual. Bajó los seis pisos como un adolescente, con alegría sin motivo y energía de sobra. Cuando por fin salió al exterior, se notó distinto, aunque realmente, no sabía por qué.

domingo, 30 de junio de 2019

Blog "Páginas y secretos"

Buenas noches, blogueros:

Acaba de salir una reseña de libro "El crimen del centurión" en un blog literario que sigo, se llama "Páginas y secretos" y la verdad es que es interesante. Os invito a que lo visitéis.

Os paso el link de la reseña donde está el libro:

http://paginasysecretos.blogspot.com/2019/06/novedad-44.html

Salu2.-

 

viernes, 7 de junio de 2019


CAPÍTULO 1.- UN CADÁVER EN EL CONGELADOR.-

“Distinguido inspector:
Le  envío la primera reseña del diario que comienzo hoy.
He decidido compartirlo sólo con Vd., aunque le advierto que había otros candidatos que finalmente han quedado fuera de mi proceso de selección. Las razones, no necesita conocerlas. Baste decir que debe sentirse honrado, dentro de poco será un hombre muy conocido. En sus manos estará quebrar el fin de esta historia, o someterse a la misma. Esto último será sin duda más fácil; pero no debo perderme en detalles que no son importantes.
Mamá ha dejado por fin de toser. La molesta tos, no fue erradicada por jarabes ni inhaladores. Pese a mi dedicación, y a las friegas nocturnas de “vicks-vaporub”, no remitía, de modo que, cansado de oír todas las noches su persistente y desesperante “cog-cog”, tomé la mejor decisión posible, para ella y también para mí, claro.
Ya está hecho, y me alegro por los dos.
Ahora, ella reposa tranquilamente en el congelador, donde el calor no le afecta, ni tampoco anida la corrupción.
Su cuerpo pervivirá por siempre … mientras se pague la factura de luz, por supuesto.
Un saludo, y hasta la próxima”

     El inspector Marín alejó el papel y con la otra mano, se bajó las gafas de concha y miró hacia atrás.
¿Qué coño era eso?
     —Oye, ¿tenéis ganas de broma?. — Dijo en voz alta.
     Escrutó los rostros, pero no advirtió nada sospechoso. Marina se esforzaba en dejar impresa la marca de sus dientes en un “bic” azul, mientras que la otra mesa, la que normalmente ocupaba Lázaro, estaba vacía.
     «En el bar, seguro».
     —¿Eh?. —Alzó algo más la voz, pero nadie miró.
     Fijó sus ojos en el final de la nota. No tenía firma. Miró el reverso del sobre: sin remite alguno. En el destinatario, “Para el Inspector Marín”, la dirección de las dependencias policiales, y como información complementaria, “Grupo de Homicidios”. La etiqueta estaba hecha con impresora láser.
     Nada más.
     Dio vuelta a la página, y se encontró con un reverso en blanco. Alzó la muñeca izquierda: su reloj de esfera negra marcaba las 13.50 horas. El cartero solía llegar sobre las 12.00, con lo cual, la nota llevaba en su mesa más o o menos desde entonces.
     Revisó el resto de correo: varios oficios de juzgados, comunicaciones de otras comisarías, nada especial. Se ajustó las gafas de concha. Tenía hambre, de modo que dejó la nota en la mesa y se dirigió al bar.
     —Una cerveza fresquita.
     Observó que Lázaro conversaba animadamente en el patio con otro compañero. Marín acomodó su par de nalgas en un taburete alto, y saboreó el primer sorbo. Luego, salió fuera con la bebida en la mano y encendió un cigarrillo. A sus cincuenta y cinco, poco le quedaba por hacer. Su carrera en la policía había sido brillante, sin contar un par de errores de bulto. El primero de ellos, dirigir una investigación con un enorme despliegue de medios contra una mafia china de trata de personas que resultó ser un “bluff”, ya que los principales testigos se negaron al final a ratificar sus denuncias y huyeron a China. El segundo, un crimen no resuelto y mal dirigido: una chica asesinada aparece en el Guadalquivir. El novio, presunto culpable y en paradero desconocido cuando aparece el cadáver, presenta una coartada incontestable justo el día del juicio: el día en que supuestamente ocurren los hechos, estaba a mil kilómetros. El procedimiento se sobresee, y el novio queda en libertad. Ambos casos quedan archivados, sin terminar, sin culpable. Ello fue suficiente para que Dámaso Marín, tozudo como pocos, prefiriera seguir siendo un simple inspector de homicidios en Sevilla, antes que pedir el traslado a otra ciudad y ascender.
     Tomó otro sorbo.
     —¿Tienes ganas de broma, Lázaro?
     La pregunta fue dirigida a un vaso medio vacío, aunque el destinatario la recibió perfectamente, pese a que estaba a varios metros de distancia.
     —Mi querido compañero, no sé a qué te refieres. ¿Quizás al chicle pegado en la cerradura de tu taquilla?
     Lázaro le pasó el brazo por la espalda. Su fama de juerguista, a la vez que cínico y guasón trascendía los límites de la comisaría.
     —Eso ya pasó, fue la pasada semana. Hablo de la carta.
     —¿Qué carta? No sé nada de ninguna carta. Tómate otra, pago yo. Vamos.
     —No, aún estoy fumando. ¿Seguro que no me has enviado una carta?
     —Segurísimo. No es mi estilo, ya lo sabes.
     Era cierto. Lázaro gastaba bromas a todos los compañeros, pero de tipo podíamos denominar visual, efectista. Ponía chicle en la cerradura de una taquilla, difundía chismes verdes entre las féminas del cuerpo … pero la carta no era propia de él. Con su metro noventa, Lázaro dominaba ampliamente la figura de Marín, y lo escoltó cariñosamente hasta la barra. Su barba lo hacía parecer respetable, pero era tan sólo una imagen engañosa.
    —Ponle otra a mi amigo, pago yo.
    —¿Tienes algún caso raro últimamente, algún asesino de madres que escriba cartas?.—inquirió Marín.
     Lázaro dejó un billete sobre la barra.
     —Tengo un ajuste de cuentas entre rumanos con un muerto, varios casos de violencia de género con lesiones graves y una prostituta desaparecida. Nada más. ¿Por?
     —Por nada. He recibido una carta extraña, seguramente de algún desquiciado, a tenor del texto.
     —¿Dirigida a la policía en general?
     —Eso es lo raro, va dirigida a mí particularmente.
     —Bah, no la tomes en serio. Algún enemigo de la infancia que te tendrá envidia, un marido ofendido, un antiguo cliente enviado a prisión ...
     Podía ser cierto. No en vano, algún que otro compañero había recibido cartas amenazadoras de individuos que resultaron ser antiguos conocidos, gente enviada a prisión o simplemente resentidos por algún hecho del pasado. Por eso, bebió un largo trago y decidió dejarlo pasar. Consultó el móvil, las noticias deportivas le interesaban especialmente. Buen forofo del deporte rey, Marín, soltero empedernido y mujeriego dedicado, tenía como hobbys su afición al fútbol, a la cerveza y a la ginebra suave. Y por supuesto, al género femenino.
     —Te dejo, voy a terminar unos informes.
     Lázaro salió. Él y Marín se conocían hace muchos, muchísimos años, y pese a algún que otro desencuentro, Dámaso —que era el nombre de pila de Marín— se fiaba de su criterio y valoraba su amistad.
     Terminó la bebida, y con la determinación de destruir la carta, subió al despacho. Sin embargo, cuando la tuvo entre sus manos, un sexto sentido le hizo desistir de esa idea, y contra su criterio inicial, abrió el primer cajón del escritorio y la guardó allí.
     «Bueno, nunca se sabe», se dijo, de modo que respiró hondo y se sumergió en un atestado que tenía que descifrar.
 





domingo, 2 de junio de 2019

Ebook "El crimen del centurión".-

Queridos seguidores, anónimos y conocidos:

     Hace ya un mes que se publicó la novela en formato digital. Muchos de vosotros me habéis solicitado la versión en papel, y en poco tiempo llegará, estad tranquilos, seguramente antes de lo que pensamos. Cuestión de esperar un poco más para que los pequeños problemas logísticos estén resueltos.
     Mientras tanto, os anuncio que va a comenzar otro proyecto novelístico, otra obra nueva con crímenes —por supuesto— y los ingredientes propios de la novela negra. En este caso, la época será la contemporánea.
     Un saludo, y nos vemos por aquí.
 
 

domingo, 28 de abril de 2019

Ya se ha publicado en formato ebook la novela "El crimen del centurión".
 
Os paso la portada del ebook y el link de la plataforma de Amazon:
 
 
 
 

Si os gusta, por favor, dejad un comentario positivo en la plataforma de Amazon.

Gracias.

 

viernes, 4 de enero de 2019

Nota sobre la ausencia de comentarios en el BLOG.-

En más de una ocasión he recibido el correo o la llamada de algún amigo/entusiasta de este humilde espacio poniéndome de manifiesto que le había resultado imposible publicar ningún comentario a alguna de las entradas del blog. En principio, no había razón lógica para dicho fallo, de modo que ambos achacamos esta incidencia a "cosas de la informática", simplemente. El/los aludidos en cuestión se limitaron entonces a realizar sus comentarios por correo o simplemente, por teléfono. Sin embargo, cuando los correos se repiten, y de personas diversas, me mosqueo claramente, y tras tomarme un rato en averiguar lo ocurrido, veo que, seguramente por un descuido, en la configuración del blog estaban —por lo visto, claro—prohibidos los comentarios.
     Pues bien, ya creo que está subsanado el fallo, de modo que podéis ahora realizar los comentarios que os venga en gana, respetando, eso sí, las consabidas normas de cortesía y respeto a los demás.
     Disculpad el error.
     Y como siempre, a todos, gracias por visitar estas páginas.
 
 

Gustavo Adolfo Bécquer.-



Gustavo Adolfo Claudio Domínguez Bastida, (Sevilla, 17 de Febrero de 1.836 - Madrid, 22 de Diciembre de 1.870), más conocido como Gustavo Adolfo Bécquer, fue poeta y escritor, hijo del pintor José Domínguez Insausti, que firmaba sus cuadros con el apellido de sus antepasados como José Domínguez Bécquer.
     En su infancia, tanto Gustavo como su hermano Valeriano estuvieron dotados para el dibujo. Sin embargo, la pronta muerte del padre quebró la vocación pictórica de Gustavo, no así la de su hermano, que siguió con la pintura. Posteriormente, murió también la madre de ambos, y fueron adoptados por su tía materna, María Bastida. Hacia 1.858 se enamora de Julia Espín, la corteja y empieza a escribir sus primeras rimas. En esta época, comienza a escuchar y admirar al pianista Chopin, del que hablaremos en otro apartado de este blog. Sin embargo, la relación con Julia no se consolida porque al parecer, a ella no le agradaba la vida bohemia de Gustavo, que aún no era famoso.
     Posteriormente, Gustavo conoce, se enamora y se casa con Casta Esteban y Navarro, con la que tiene tres hijos. Escribe artículos periodísticos y consigue los fondos necesarios para sostener a su familia. Entonces, marcha a Soria, donde tenía bienes la familia de su esposa. La tuberculosis, que le llevaría finalmente a la tumba, ya había aparecido en su vida, de modo que la estancia en tierras donde había mucho aire puro beneficiaba su salud, según se creía en la época.
     En 1.863 tiene una grave recaída de su enfermedad, y se marcha con su hermano al monasterio de Veruela (Zaragoza), y después vuelve a Sevilla con su familia. Su hermano Valeriano y su esposa no se llevan bien, y de esa época es la sospecha de que la esposa de Gustavo le es infiel. Nace entonces su tercer hijo bajo la amenaza de que no es suyo sino de su amante.
     Gustavo tiene otro agravamiento de su enfermedad y muere el 22 de Diciembre en Madrid, en pleno eclipse total de sol. En Septiembre había muerto antes su hermano Valeriano.
     En su lecho de muerte, pide que quemasen sus cartas y que publiquen su obra.
     Sus últimas palabras fueron “Todo mortal”.
Hasta aquí, la información somera que podéis encontrar en internet sobre uno de los autores que mejor han escrito en la historia de la lengua castellana. Y el calificativo de “mejor” se queda sin lugar a dudas muy corto para etiquetar al autor que para mi gusto, ha sabido emplear nuestro lenguaje con una maestría y delicadeza difíciles de describir.
     La escritura de Bécquer bebe de las influencias románticas de la época, pero las sobrepasa con creces. Su prosa no es barroca ni siquiera a ratos, como la de Allan Poe, sino florida y hermosa como ninguna, sin hartar ni pecar de erudición. No puedes leer uno sólo de sus párrafos sin quedar henchido de la belleza y buen gusto con que utiliza las palabras.
     Para él, y sirva como botón de muestra una introducción que publicó en el Junio de 1.868 y que se reproduce a continuación, la inspiración y las ideas de sus relatos venían de más allá de su cerebro, en la misma línea de la tesis que propugna este blog.
     Gracias, Gustavo, por existir, y por habernos legado tu presencia en esta existencia. Lástima que tu destino fuera morir joven. Quién sabe lo que hubieras podido hacer con sólo unos años más entre nosotros.
     Y como colofón a este post, la introducción prometida, literal.
     Por favor, leedla sin prisas y asimilad su contenido, en él se encuentra información muy valiosa para quien busque la deseada inspiración artística.
     Creo que su lectura merece bien la pena.
     El resto de su obra, a disposición de cualquier interesado, en internet.

“Introducción.

Por los tenebrosos rincones de mi cerebro, acurrucados y desnudos, duermen los extravagantes hijos de mi fantasía, esperando en silencio que el arte los vista de la palabra para poderse presentar decentes en la escena del mundo.
Fecunda, como el lecho de amor de la miseria, y parecida a esos padres que engendran más hijos de los que pueden alimentar, mi musa concibe y pare en el misterioso santuario de la cabeza, poblándola de creaciones sin número, a las cuales ni mi actividad ni todos los años que me restan de vida serían suficientes a dar forma.
Y aquí dentro, desnudos y deformes, revueltos y barajados en indescriptible confusión, los siento a veces agitarse y vivir con una vida oscura y extraña, semejante a la de esas miríadas de gérmenes que hierven y se estremecen en una eterna incubación dentro de las entrañas de la tierra, sin encontrar fuerzas bastantes para salir a la superficie y convertirse al beso del sol en flores y frutos.
Conmigo van, destinados a morir conmigo, sin que de ellos quede otro rastro que el que deja un sueño de la media noche, que a la mañana no puede recordarse. En algunas ocasiones, y ante esta idea terrible, se subleva en ellos el instinto de la vida, y agitándose en formidable, aunque silencioso tumulto, buscan en tropel por donde salir a la luz de entre las tinieblas en que viven. Pero ¡ay, que entre el mundo de la idea y el de la forma existe un abismo que sólo puede salvar la palabra; y la palabra, tímida y perezosa, se niega a secundar sus esfuerzos! Mudos, sombríos e impotentes, después de la inútil lucha vuelven a caer en su antiguo marasmo. ¡Tal caen inertes en los surcos de las sendas, si cesa el viento, las hojas amarillas que levantó el remolino!
Estas sediciones de los rebeldes hijos de la imaginación explican algunas de mis fiebres: ellas son la causa, desconocida para la ciencia, de mis exaltaciones y mis abatimientos. Y así, aunque mal, vengo viviendo hasta aquí, paseando por entre la indiferente multitud esta silenciosa tempestad de mi cabeza. Así vengo viviendo; pero todas las cosas tienen un término, y a éstas hay que ponerles punto.
El insomnio y la fantasía siguen y siguen procreando en monstruoso maridaje. Sus creaciones, apretadas ya como las raquíticas plantas de un vivero, pugnan por dilatar su fantástica existencia disputándose los átomos de la memoria, como el escaso jugo de una tierra estéril. Necesario es abrir paso a las aguas profundas, que acabarán por romper el dique, diariamente aumentadas por un manantial vivo.
¡Andad, pues! Andad y vivid con la única vida que puedo daros. Mi inteligencia os nutrirá lo suficiente para que seáis palpables; os vestirá, aunque sea de harapos, lo bastante para que no avergüence vuestra desnudez. Yo quisiera forjar para cada uno de vosotros una maravillosa estofa tejida de frases exquisitas, en la que os pudierais envolver con orgullo, como en un manto de púrpura. Yo quisiera poder cincelar la forma que ha de conteneros, como se cincela el vaso de oro que ha de guardar un preciado perfume. Mas es imposible.
No obstante, necesito descansar: necesito, del mismo modo que se sangra el cuerpo por cuyas hinchadas venas se precipita la sangre con pletórico empuje, desahogar el cerebro, insuficiente a contener tantos absurdos.
Quedad, pues, consignados aquí, como la estela nebulosa que señala el paso de un desconocido cometa, como los átomos dispersos de un mundo en embrión que aventa por el aire la muerte, antes que su creador haya podido pronunciar el flat lux que separa la claridad de las sombras.
No quiero que en mis noches sin sueño volváis a pasar por delante de mis ojos en extravagante procesión, pidiéndome con gestos y contorsiones que os saque a la vida de la realidad del limbo en que vivís, semejantes a fantasmas sin consistencia. No quiero que al romperse este arpa vieja y cascada ya, se pierdan, a la vez que el instrumento, las ignoradas notas que contenía. Deseo ocuparme un poco del mundo que me rodea, pudiendo, una vez vacío, apartar los ojos de este otro mundo que llevo dentro de la cabeza. El sentido común, que es la barrera de los sueños, comienza a flaquear, y las gentes de diversos campos se mezclan y confunden. Me cuesta trabajo saber qué cosas he soñado y cuáles me han sucedido. Mis afectos se reparten entre fantasmas de la imaginación y personajes reales. Mi memoria clasifica, revueltos, nombres y fechas de mujeres y días que han muerto o han pasado, con los días y mujeres que no han existido sino en mi mente. Preciso es acabar arrojándoos de la cabeza de una vez para siempre.
Si morir es dormir, quiero dormir en paz en la noche de la muerte, sin que vengáis a ser mi pesadilla, maldiciéndome por haberos condenado a la nada antes de haber nacido. Id, pues, al mundo a cuyo contacto fuisteis engendrados, y quedad en él como el eco que encontraron, en un alma que pasó por la tierra, sus alegrías y sus dolores, sus esperanzas y sus luchas.
Tal vez muy pronto tendré que hacer la maleta para el gran viaje. De una hora a otra puede desligarse el espíritu de la materia para remontarse a regiones más puras. No quiero, cuando esto suceda, llevar conmigo, como el abigarrado equipaje de un saltimbanco, el tesoro de oropeles y guiñapos que ha ido acumulando la fantasía en los desvanes del cerebro.

Junio de 1868.”